Isabella
creía estar sufriendo alucinaciones. Cullen no podía estar allí. Y sin embargo
lo estaba, real como la vida misma.
—¿Cómo...
cómo ha sabido dónde encontrarme? —preguntó con voz temblorosa—. Tía Charlotte
y Jacob pensaban que yo había asistido a una velada musical. De hecho, yo
también lo creía. —Se cubrió el rostro con las manos—. ¿Cómo he podido ser tan estúpida?
—No es
momento para regaños, Isabella —dijo Edward mientras rápidamente la ayudaba a
incorporarse en el cama.
—¿Qué
va a hacer ahora?
—Vestir
a ese bastardo y echarlo de aquí antes de que recupere el conocimiento.
En la
mente de Isabella volvia a funcionar, sus pensamientos retornaron a la ultraje
que Volturi casi había consumado y la ira sustituyó a la conmoción. Pero
necesitaba más que ira para tranquilizarse. Necesitaba sentir los brazos de Edward
rodeándola, sosteniéndola, consolándola. Deseaba su fuerza, su...
Salió
de su ensimismamiento cuando vio a Edward cargarse al vizconde al hombro.
—¿Adónde
va?
—Volveré
en seguida.
—Edward...
La
puerta se abrió y cerró tras él. Los pensamientos de Isabella giraron en todas
direcciones mientras se acurrucaba en el cama, con los brazos rodeando sus
rodillas. Recuperando un mínimo de control, comprendió que no tenía nada que
temer mientras Cullen dominara la situación, y se reprendió a sí misma por
dudar de la habilidad de él para hacer frente a cualquier cosa con la que se
topara.
La
puerta se abrió de nuevo y Edward entró en la habitación. Se acercó a ella
inmediatamente y se sentó en el borde de la cama.
—¿Estás
bien?
Su
proximidad la tranquilizó, aunque estaba a punto echarse a llorar. Incapaz de
hablar, asintió.
—¿Te ha
hecho daño?
Negó
con la cabeza.
—Trató
de... deseaba…
La
expresión de Edward se endureció.
—Sé lo
que deseaba.
—¿Qué
ha hecho con él?
—Si por
mí fuese, lo hubiese matado.
—Me
alegro de que no lo haya hecho... Él no es digno de eso.
—Lo he
montado en su carruaje y dado instrucciones al cochero de que lo llevara a su
casa.
—¿El dueño
no ha sospechado nada?
—Le he
dicho que Volturi estaba muy ebrio, y le he dado bastante dinero como para forzar
su curiosidad.
Con los
ojos alegres de gratitud, Isabella alargó la mano, inconsciente de cuan
profundamente ese ademán excitaría la masculinidad de él y de pronto se
encontró en sus brazos. Edward le murmuró palabras tranquilizadoras, pero éstas
no eran tan reconfortantes como sus brazos. Isabella sintió que el corazón de
él latía contra su mejilla, notó el calor de su cuerpo a través de la delgada
tela de su camisa, y no tuvo la fuerza de voluntad para rechazar aquel
consuelo.
—Ojalá
lo hubiese matado —murmuró Edward rozándole la mano—. Le he dejado irse con
demasiada facilidad. Aunque fuerais amantes, no tenía ningún derecho a tomarte
contra tu voluntad.
Ella se
estremeció, levantó la cabeza y lo miró a los ojos.
—Ayúdame
a olvidar que alguna vez ha sucedido.
—Dime
lo que deseas —le pidió Edward.
Ella
irguió la barbilla en una invitación característico. Entonces él la besó, y el
beso produjo exactamente el efecto que ella quería. Volturi desapareció en el
calor generado por el encuentro de sus labios. El contacto se prolongó cada vez
más, privándola de respiración y voluntad, y dando paso al deseo. La boca de Edward
en la de ella era como un remedio curativo que desterraba el recuerdo de la
agresión de Volturi a los más lejanos confines de su memoria. No deseaba
recordar, deseaba sentir. Quería que Edward borrase lo que casi había sucedido
aquella noche. Deseaba...
Él
gruñó contra sus labios y profirió sombríos e incoherentes juramentos de pasión
que a ella le parecieron salvajes y excitantes. Cuando su lengua rozó sus
labios, ella se abrió a él, paladeando su sabor y su fragancia. Edward rodeó
sus senos con las manos, acariciando sus pezones con las yemas de los dedos y
enviando dardos de deseo a través de su cuerpo.
Isabella
se arqueó contra él, entrelazándole los brazos alrededor del cuello para
atraerlo más cerca. Un gruñido sordo se deslizó entre los labios de Edward, y
de pronto él interrumpió el beso.
—Esto
va demasiado de prisa, Bella. Sabes lo que va a suceder si seguimos así,
¿verdad?
A Isabella
no le importaba mientras no cesaran sus deliciosos besos. No parecía ir a
saciarse nunca de ellos.
—No te
detengas, Edward. Por favor, no te detengas. Eres el único que puede expulsar
el espantoso recuerdo de Volturi.
—¿Estás
segura, Bella? Sabes que no puedo casarme...
—¡Shhh!
No lo estropees.
Él la
arrastró a su regazo, y Isabella pudo sentir el calor que se expandía entre ellos
y la dureza de su erección presionando contra su trasero. Impulsada por el
instinto, se movió contra él temblando suavemente.
—¡Condenación,
Bella! Si no dejas de hacer eso, esto va a acabar demasiado pronto. Te he
deseado desde hace tanto tiempo que estoy ardiente como una brasa.
Isabella
sabía que podía poner fin a aquello, pero estar en los brazos de Edward
mientras él la acariciaba era demasiado bueno para detenerlo. «Esto está muy
mal», se dijo a sí misma. Nada bueno podía resultar de entregarse a Cullen.
—Tal
vez no sea una buena idea —dijo débilmente, ignorando las exigencias de su
excitado cuerpo.
La mano
de Edward se quedó inmóvil bajo su camisa. Isabella sintió que él tensaba los
hombros y apretaba los dedos contra su muslo.
—¿Debo
detenerme? —preguntó con voz áspera—. Lo haré, pero no será fácil.
Comenzó
a mover la mano en impacientes círculos por su cadera y su trasero. Con cada
excitante caricia, una ardiente y densa tensión fue creciendo en la parte
inferior del cuerpo de Isabella y, cuando él le separó los muslos para tocarla,
ella se puso en tensión y se aferró a él. Edward movió los dedos entre sus
piernas, acariciando su húmedo centro, jugueteando con su sensible núcleo con
la yema del pulgar, hasta que se sintió mojada y inundada.
Él introdujo
un dedo dentro de ella.
—Dime, Bella,
¿deseas que pare?
—¿Parar?
¿Podría
soportarlo? Lo que realmente deseaba era conducir aquel desconocido tormento a
una satisfactoria conclusión, saborear la culminación de las deliciosas
sensaciones que las manos y la boca de Edward habían despertado. Un gemido de
placer se le escapó de los labios mientras los expertos dedos masculinos
acariciaban su interior. Si él se detenía en aquel momento, ella se moriría.
—¡No,
no pares!
La
impaciencia agitaba su cuerpo mientras Edward la tendía sobre el colchón y le
quitaba la camisa.
Él la
contempló con ojos brillantes, apreciando lo que veía.
—Eres
aún más hermosa de lo que había imaginado.
Instintivamente,
Isabella fue a cubrirse, pero Edward no se lo permitió.
—No, no
te ocultes de mí. Deseo verte del todo.
Ella se
mantuvo inmóvil, respirando con rápidos y pequeños jadeos mientras miraba con
intención el cuerpo vestido de Edward.
—Eso no
es muy justo cuanto tú aún estás completamente vestido.
¿Había
sido ella quien lo había dicho? ¿Habría conseguido Cullen convertirla en una
libertina con unos cuantos besos y caricias?
—Todo
sea por complacer a una dama —replicó él.
Isabella
no sabía si observar o cerrar los ojos cuando él se levantó y comenzó a
desnudarse. No era una jovenzuela propensa a desvanecerse ante la vista del
pecho de un hombre, pero pese a su edad, nunca había visto desnudo a un hombre
adulto. Y con el apresuramiento con que Edward estaba deshaciéndose de la ropa,
estaba a punto de ver más de lo que había imaginado.
Él la
miró y sonrió, luego se sentó en el borde del cama y se quitó los zapatos y las
medias. Cuando se levantó para desprenderse de los pantaloncillos, Isabella desvió
la vista.
—Mírame,
Bella. Eres demasiado valiente para comportarte ahora como una cobarde.
Ella
levantó la mirada. Nadie la había acusado nunca de ser cobarde. Sus ojos se
abrieron ligeramente cuando él se deslizó los pantlones y calzoncillos por las
caderas, pero no desvió la mirada. No habría podido aunque lo hubiese deseado.
Su cuerpo era magnífico. La visión de un hombre totalmente excitado fue un
poderoso recordatorio de lo que estaba a punto de hacer. Se quedó sin aliento
mientras él se tumbaba en la cama y le ponía la mano en la cadera.
Edward
se estrechó contra ella, su erección tanteó entre sus muslos mientras él la
besaba. Su pene parecía tan grande, tan terrible, que temió que la partiera en
dos. Sabía que deseaba aquello, pero no estaba segura de estar preparada. No
tenía experiencia ninguna y Edward en cambio tenía demasiada.
¿Se
reiría él ante sus torpes esfuerzos? Había tantas cosas que considerar y tan
poco tiempo antes de...
Edward
se incorporó junto a ella e inició una lenta caricia con la lengua, desde sus
labios hasta sus senos. Cuando suavemente chupó y lamió uno de sus pezones, la
sangre de Isabella se convirtió en un río de lava. Él no se demoró en exceso en
su tierno festín, sino que rápidamente descendió por la cremosa lisura de su
estómago yendo a detenerse en la brillante sedosidad contenida entre sus
muslos.
Un
grito sofocado se escapó de la boca de Isabella cuando él paseó su lengua
arriba y abajo de su hendidura, rozando los llenos pétalos allí ocultos.
—Tú no
puedes... no deberías...
Edward
levantó la cabeza.
—Relájate,
Bella, no voy a hacerte daño.
Deslizó
las manos bajo su trasero y la levantó acercándola a su boca, dándose un
banquete de ella, como hambriento de su sabor.
Tan
intensos eran los sentimientos que surgían a borbotones de su interior, que Isabella
se sintió como si estuviera siendo consumida por aquellas exquisitas y
trastornadoras emociones. Inconscientemente se abrió para él, observando su cobriza
cabeza mientras Edward la excitaba. Notaba en ella secretos y prohibidos
estremecimientos mientras la ávida boca de él la devoraba.
Isabella,
que se mantenía precariamente en equilibrio al borde de un gran descubrimiento,
gritó cuando Edward abandonó su suculento festín apartándose. Se retorció
incómoda, sintiendo a continuación una tremenda presión cuando él penetró en su
interior.
La
presión se alivió y él se quedó inmóvil, contemplándola.
—Antes
de proseguir, necesito saber si has hecho esto antes. ¿Estaba equivocado al
suponer que Volturi era tu amante? Dímelo ahora, antes de que siga.
Vagamente,
Isabella se preguntó si él se detendría si le decía que no había conocido nunca
a un hombre. No deseaba que lo hiciera. Había llegado hasta allí y deseaba
conocer el resto.
—¿Supondría
eso alguna diferencia, Cullen?
—No
mientras tú comprendas que no habrá matrimonio. No se trata de ti, Bella, sino
de mí. Por razones que no puedo explicar, nunca me casaré.
—No te
preocupes, Cullen, no espero de ti ningún compromiso. Acepté permanecer soltera
hace mucho tiempo. Deseo que esto suceda, deseo que me hagas el amor. Deseo
experimentar esto al menos una vez en mi vida, para convertirme verdaderamente
en una mujer, y deseo que seas tú quien me revele el misterio. Pero no me
convertiré en tu amante. Una vez salgamos de esta habitación, seguiremos
caminos separados.
—¿Te
arrebataré tu virginidad si continúo? —insistió Edward.
Los
músculos de sus brazos se abultaban como
si estuvieran sometidos a una gran tensión, y los planos de su rostro eran
duros, con un deseo tan evidente que a un tiempo la estremecía y la asustaba.
Pero no iba a echarse atrás. Nunca más tendría otra oportunidad como aquélla de
convertirse en una mujer.
—¿No me
deseas, Edward?
Apretando
los dientes, él flexionó las caderas e irrumpió a través de su virginidad con
una rápida arremetida, introduciéndose profundamente en su interior. Isabella
esperaba sentir alguna incomodidad, pero no estaba preparada para el dolor.
Éste la inundó en oleadas, mientras ella luchaba por recobrar el ritmo de la
respiración.
—¡Por
todos los demonios! —murmuró Edward —. Eras virgen. Demasiado tarde ahora,
cariño. El acto se ha consumado y lo peor ha pasado. Trata de relajarte, el
dolor desaparecerá pronto.
Isabella
no parecía tan segura. Se sentía dilatada, repleta y dolorida. ¿Dónde estaba el
placer cegador que ella esperaba? ¿Era eso todo lo que cabía esperar? No se dio
cuenta de que había expresado verbalmente sus temores, hasta que Edward dijo:
—No te
preocupes, haré que te resulte agradable.
Le
levantó las piernas y cambió su posición para aliviar la presión. Luego la
acarició y besó pasándole los dedos a lo largo de la suave piel interior de sus
muslos aliviando así la tensión de sus músculos. Ella aspiró profundamente
mientras él se movía despacio en su interior, generando una caricia que la fue
llevando poco a poco a las sensaciones que había experimentado antes de que Edward
la penetrase.
—Estoy
totalmente dentro, Bella. ¿Lo puedes sentir? Deja que la sensación te arrastre.
¿Arrastrarla?
¿Adónde? Evidentemente, estaba demostrando su inexperiencia.
De
pronto, sintió la necesidad de mover las caderas hacia atrás y hacia adelante
haciendo coincidir el vaivén con las arremetidas de él y acercar más sus
cuerpos. Su sutil respuesta provocó un gruñido en la garganta de Edward, que
empujó entonces más rápida y profundamente; Isabella se arqueó para ir al
encuentro de él, sorprendida al descubrir que el dolor se aliviaba y, ante su
gran asombro, el acto se volvió mucho más agradable. La respiración de Edward
sonaba jadeante en el oído de Isabella; su propio aliento se aceleró,
coincidiendo con el incremento de los latidos de su corazón. Algo estaba
sucediendo, algo extraño, salvaje y estimulante.
Inhaló
más aire y comenzó a disfrutar con el acto, gozando del modo en que sentía a Edward
profundamente en su interior. Milagrosamente, no le parecía ya demasiado
grande, sino exactamente de la medida correcta. Con los dedos clavados en los
músculos de su espalda, Isabella se le abrazó, sosteniéndole tensa en el hueco
de sus muslos. La presión se intensificó, hasta que se volvió demasiado
exquisita como para poder soportarla, y todo pensamiento huyó exceptuando el de
aquello, de él, de Edward. Asaltada por un cegador arrebato de puro gozo
pronunció su nombre mientras oleadas de increíble placer la elevaban y
transportaban más allá de la realidad.
Edward,
aturdido, se retiró pronunciando su nombre mientras vertía su simiente sobre
las sábanas. Luego le cubrió la boca con la suya y bebió a fondo de su placer.
Respirando
profundamente se desplomó a su lado y la estrechó entre sus brazos. Ella estaba
tan silenciosa, tan inmóvil, que él se preguntó en qué estaría pensando. Hasta
que no se había abierto paso en su virginidad, no había creído que estuviera
intacta. ¿Lo censuraría Isabella por haberla creído impura? ¿Lamentaría lo que
habían hecho? Entonces se le ocurrió un horrible pensamiento. ¿Esperaría que le
propusiera matrimonio aunque él ya le había dicho que nunca podría casarse?
Cuando
notó una cálida humedad sobre su pecho, levantó la barbilla de Isabella hacia
él y la miró a los ojos preocupado.
—¿Qué
sucede, Isabella? ¿Te he hecho daño? La primera vez siempre duele un poco.
—Duele,
pero el dolor pasa rápidamente. Eres muy bueno en esto, Edward. Lamento haberte
defraudado.
—¿De
dónde has sacado esa idea? —La besó en la punta de la nariz—. Eres maravillosa
y me ha complacido saber que era el primero.
Ella
hizo una mueca y desvió la mirada.
—Por
poco no lo has sido. Gracias de nuevo por estar aquí cuando te necesitaba.
Sabes que sé defenderme. Soy fuerte. No se lo estaba poniendo fácil a Volturi
—Isabella
a Volturi. ¿Por qué estás llorando?
—Estoy
triste porque ésta será la última vez que estemos juntos así. Esta noche has
evitado una tragedia, pero no puedo arriesgarme a perjudicar a Benjamín
privándolo del lugar que debe ocupar en la sociedad provocando un escándalo.
Esto es una despedida, Edward.
Él no
estaba en absoluto convencido de que fuera a ser así. Una sola vez con Isabella
no le bastaba.
—Deberíamos
irnos, Bella. Nos hemos ya demorado demasiado aquí.
Se puso
los calzones, luego buscó la camisa de Isabella y se la tendió mientras él
recogía el resto de las cosas de ella. Cuando se volvió, vio que se había
puesto la prenda y estaba sentada en el borde del cama. Se la veía pequeña y
vulnerable, y hermosamente despeinada. Deseó echarla en la cama y volver a
hacerle el amor, pero hizo acopio de su buen juicio y acabó de vestirse.
Edward
miró a la joven, advirtió que tenía problemas para abotonarse el vestido y
acudió a su lado para ayudarla. Tocarla fue un error. La apremiante necesidad
de besarla lo abrumó. La volvió de cara a él, le levantó la barbilla y cubrió
su boca con la de él.
Perdido
en el sabor y aroma de ella, en la suavidad de su cuerpo tan íntimamente
cercano al suyo, estuvo a punto de sucumbir de nuevo a sus lujuriosos deseos.
Pero antes de que fuera lo bastante estúpido como para volver a tumbarla en la cama,
Isabella tuvo el buen sentido de interrumpir el beso. Seguía aún entre sus
brazos, con el aspecto de una mujer que acaba de ser plenamente amada, cuando
la puerta se abrió bruscamente y tres hombres se precipitaron dentro de la
habitación.
—Te
digo que te has equivocado, Biers. Éste no es Volturi.
Con un
grito de alarma, Isabella se ocultó bajo las sábanas, pero era demasiado tarde,
el trío ya había visto su rostro.
—Cullen
—balbució Newton—. Lo siento, amigo. No me proponía interrumpir. Pensamos... es
decir, nos indujeron a creer que Volturi estaría aquí con lady Isabella.
Uley
estaba demasiado ocupado contemplando a la chica como para hablar.
—De
modo que éste era el juego de Volturi —murmuró Edward sombríamente.
Conseguir
que tres famosos chismosos lo encontraran en una habitación con Isabella
hubiera sellado el destino de ella, tanto si la había violado como si no. Pero
no había sucedido de ese modo. Ahora le tocaba a él pagar por lo sucedido, y
hacer lo correcto. Por desgracia, hacer «lo correcto» no podía incluir una
proposición de matrimonio.
—¡Fuera
de aquí! —gritó Edward—. Si alguno de ustedes repite lo que ha visto aquí esta
noche, haré que se arrepienta de ello.
Sin
embargo, por la ávida expresión de sus rostros, comprendió bien que su amenaza
no los silenciaría. Al día siguiente, todo Londres y más allá sabría que había
comprometido a lady Isabella. Estaba dispuesto a apostar que hasta el Times publicaría
un relato falseado de la historia. Isabella quedaría arruinada socialmente y él
no podría hacer nada por remediarlo.
—Nuestras
bocas están selladas —dijo Biers con los ojos chispeantes de diversión—. Vamos,
muchachos, veamos si podemos encontrar a Volturi.
Los
tres hombres se fueron y Edward cerró de un portazo tras ellos. Isabella asomó
de debajo de las sábanas con el rostro ceniciento.
—¿Cómo
lo sabían?
—Al parecer,
Volturi dispuso que tres famosos chismosos de Londres te encontraran aquí con
él. Yo debí haberlo visto venir. Lo siento, Bella. Quedarnos en la habitación
ha sido un error.
—¡¿Lo
sientes?! —gritó Isabella casi frenética por la desesperación y la ira—. Acabo
de convertir a mi familia en objeto de los más desagradables chismes desde la muerte
en duelo de mi padre ¿y lo único que eres capaz de decir es que lo sientes?
—Haré
todo cuanto esté en mis manos para protegerte. Asumiré toda la censura. Diré que
te forcé.
—Para
lo que servirá eso. No es sólo mi reputación la que se verá perjudicada, sino
también la de mi tía y la de Benjamín. Ellos pueden verse aislados de la
sociedad. Acaso expulsen a Benjamín de la universidad si se enteran en Oxford.
»Llévame
a casa —añadió a continuación, algo más calmada y echándose el chal sobre los
hombros—. Lo hecho hecho está. No hay vuelta atrás. Mi familia ya ha vivido
antes con el escándalo.
—No me
proponía que sucediera de este modo, Isabella. Yo te seguí aquí para ayudarte,
no para perjudicarte.
—Mejor
verme perjudicada por ti que por Volturi —dijo ella sinceramente—. No te he
pedido nada, Cullen, y puedes estar seguro de que no te exigiré una proposición
de matrimonio. Esta noche he tomado una decisión y no lo lamento.
Edward
siguió a Isabella por la puerta y la escalera. El dueño estaba dormido en una
silla de un rincón y sólo dos clientes desinteresados se encontraban en la sala
común. Edward hizo salir a Isabella apresuradamente y la ayudó a subir al
carruaje. Tras darle la dirección a Garret, se sentó junto a ella.
Edward
pensó que Isabella estaba haciendo gala de una admirable compostura y sintió
una punzada de remordimiento. Seducirla había sido siempre su objetivo, pero
tenía que admitir que el tiempo y el lugar habían sido erróneos. Él no se había
propuesto que sucediera de ese modo, pero sus pasiones se habían descontrolado.
Ella se lo había pedido y él la había presumido disfrutando plenamente de cada
momento. No había habido disgusto en su respuesta a Isabella, y hacía mucho
tiempo que Edward no se sentía de ese modo. Ella era natural, inocente, y, se
diese cuenta o no, estaba hecha para el amor.
El
matrimonio era la salida habitual para una situación como aquélla, pero él no
podía proponérselo a Isabella. Edward nunca se casaría, y si ella supiera por
qué, estaría de acuerdo. Sin embargo podía ayudarla financieramente.
—Voy a
abrir una cuenta bancaria a tu nombre y depositar en ella una cantidad
sustancial, Bella —comenzó—. Es lo menos que puedo hacer por ti.
Isabella
giró bruscamente la cabeza y le dirigió una mirada violenta.
—¡Absolutamente
no! Me niego a aceptar un cuarto de penique de ti. No necesito tu culpabilidad
ni tu ayuda.
Edward
suspiró deprimido. Isabella se lo estaba poniendo difícil. ¿Por qué no podía
ella darle la satisfacción de dejar que la ayudase financieramente? El orgullo
y la independencia eran rasgos admirables, pero Isabella los llevaba demasiado
lejos. ¿O no era así? ¿No la admiraba precisamente por esas cualidades? ¡Al
diablo con todo! ¿Por qué estaba tan confuso?
—Eres
muy obstinada, Bella. Por favor, déjame hacer esto por ti.
Ella
negó con la cabeza.
—No.
—Muy
bien. Como quieras. Sin embargo, yo daré instrucciones a mi abogado para que
deposite una suma de dinero en el banco a tu disposición, tanto si decides
aceptarla como si no.
—Estás
perdiendo el tiempo, Cullen —repuso ella secamente—. Pagarme por los servicios
prestados no hará que te aprecie más.
Se pasaron
largos minutos de silencio, luego Edward dijo:
—¿Cuándo
volveré a verte? ¿Vendrás conmigo a la ópera el sábado por la noche?
—No
vamos a volver a vernos, Edward. Creí que te lo había dicho claramente.
—Supongo
que ahora me odias. Te deseaba en mi cama, pero no quería que después me
odiaras.
—¿Odiarte?
No, no te odio. ¿Cómo podría? Me has rescatado de Volturi. El matrimonio con él
habría sido intolerable. Ojalá supiera por qué ese interés en que me case con
él.
—Encargaré
a Laurent que lo investigue. Si Volturi tiene un motivo, mi hombre lo
descubrirá.
—Esa
oferta sí la acepto. Gracias, Edward —dijo Isabella volviéndose a mirar por la
ventanilla.
Lo que
había sucedido aquella noche entre Cullen y ella había sido tan extraordinario
que no podía compararlo con nada de lo que había vivido hasta entonces. Mirando
la oscuridad, se permitió dejar vagar sus pensamientos hacia aquella sórdida
habitación donde había perdido su virginidad.
Nunca
hubiera sospechado que hacer el amor pudiera ser un placer tan sublime y
gratificante, e imaginaba que no sería lo mismo con alguien que no fuera Cullen.
—¿Estás
bien? —le preguntó él al ver que el silencio entre ellos se prolongaba—. Has
pasado por muchas cosas esta noche.
Isabella
estuvo a punto de echarse a reír. También había pasado mucho la noche en que él
le disparó. Sin embargo, había sobrevivido.
—Iba a
preguntarte una cosa antes de que los amigos de Volturi irrumpieran en la
habitación —dijo Edward —. He visto que tenías una cicatriz en tu hombro
izquierdo. No se distinguía muy bien con aquella luz tan tenue, pero parecía
bastante reciente.
¡Oh,
Dios, se había dado cuenta! Había estado demasiado absorta en la relación
amorosa como para pensar en ello.
—La cicatriz
no es reciente —mintió—. La tengo desde el verano pasado, cuando Benjamín vino
a casa en vacaciones. Estaba practicando con la pistola de nuestro padre y yo
me metí en medio.
Edward
le dirigió una asombrada mirada.
—¡Qué
accidente más horrible! Confío en que ambos aprendiesen la lección. Las armas
de fuego son peligrosas para quienes no saben cómo utilizarlas.
Isabella
se encogió de hombros.
—Fue
una herida menor. Bejamín estaba horrorizado, pero el daño no fue importante.
Devolvió
su mirada al exterior y Edward se recostó contra los cojines en admirador
silencio. Cuando se aproximaban a su casa, le preguntó:
—¿Debo
entrar contigo?
—No es
necesario. Yo se lo explicaré todo a tía Charlotte y a Jacob.
—¿Les
hablarás de nosotros... de lo que ha sucedido esta noche? Si no lo haces, se
enterarán por los periódicos. Me temo que mis amenazas no impedirán que los
amigos de Volturi saquen el máximo partido de esto.
—Les
diré lo que deseo que sepan —repuso Isabella—. No necesitan saber lo que
realmente ha ocurrido en la posada. En realidad, los amigos de Volturi no nos
han descubierto haciendo... ya sabes. Sólo sospechan que ha pasado algo.
—Eres
tú quien debe decidir, Bella. Te veré mañana.
—No,
por favor, Edward, mi idea es mejor. Tu reputación no está arruinada, la mía
sí. En estas situaciones, los hombres suelen salir mejor librados. Pueden
seguir con sus ocupaciones habituales, sin recriminaciones, mientras que las
mujeres se ven apartadas de la sociedad. Prefiero enfrentarme a ello con mis
propias condiciones. Tú no tienes intención de ofrecerme matrimonio, de modo
que es mejor que dejemos de vernos absolutamente.
—Podrías
ser mi amante y dejarme manejar a mí las habladurías. No lo lamentarás, Bella,
te lo prometo.
—Ya lo
lamento... haberte conocido.
Lo
decía sinceramente. De no haber conocido a Cullen, nunca habría sabido lo que
faltaba en su vida.
Cuando
el carruaje se detuvo ante su casa, se volvió hacia el caballero. Después de
que se separaran aquella noche sólo se encontrarían de nuevo como corteses conocidos,
pero nunca como amantes. Escudriñó sus hermosos rasgos deseando
desesperadamente memorizarlo todo de él. Intentó decir algo memorable, pero no
se le ocurrió nada. A falta de palabras, simplemente se alejó de su vida.
Dos
personas muy preocupadas esperaban a Isabella en la puerta. Tía Charlotte
estaba casi fuera de sí por la preocupación y Jacob parecía haber envejecido en
el espacio de unas horas. Charrlotte la estrechó entre sus brazos y se negó a
soltarla hasta que Isabella se liberó suavemente de ella.
—Estoy
bien, tía, de verdad.
—Te he
visto bajar del carruaje de Cullen. Estoy muy aliviada de que te haya
encontrado. Nos dijo que confiáramos en él, pero yo temía que Volturi te
hiciese algún daño antes de que el marqués te encontrara.
—Volturi
me mintió acerca de la velada musical y luego utilizó cloroformo para dejarme
inconsciente —explicó Isabella—. Me llevó a una posada de las afueras de la
ciudad y...
—¡Oh,
querida, no estoy segura de que desee oír eso! —dijo Charlotte abanicándose con
su pañuelo.
—Todo
está en orden, tía. Cullen llegó a tiempo y echó a Volturi.
—¡Bravo
por él! —exclamó Jacob—. Sabía que pedirle ayuda era una buena idea.
—Hay
más —susurró Isabella.
—Puedo
esperar, querida —murmuró Charlotte.
—No,
tía, necesito hablar de ello. Luego voy a intentar olvidar lo que ha pasado. Ni
Cullen ni yo sabíamos que Volturi había pedido ayuda a sus amigos para llevar a
cabo su perverso plan. Se suponía que debían irrumpir en la habitación y
encontrarnos a Volturi y a mí en situación comprometida. Cullen y yo nos
demoramos demasiado en la posada y puedes imaginar el resto. Naturalmente, han
pensado lo peor. Mañana se hablará de mí por toda la ciudad. Los periódicos
probablemente publicarán su propia versión al día siguiente.
Jacob
profirió una maldición y Charlotte se desplomó en una silla, tambaleándose, con
el rostro ceniciento.
—Estás
arruinada, Bella. ¡Dios mío, toda la familia lo está! Ahora ya no hay solución
posible. Cullen tendrá que proponerte matrimonio.



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