Edward
abandonó la casa enojado. Él no se había propuesto hacerle el amor a Isabella
allí, en su propio hogar, pero debería haber previsto la explosiva pasión que
existía entre ellos. Con Isabella nunca tendría bastante.
No se
le había ocurrido que ella pudiese rechazar su oferta, pero ahora podría
decirle a su abuela que él había cumplido con su deber. Cuanto antes supiera
que no habría boda, antes dejaría de darle la lata.
Stefan
abrió la puerta tras la llamada de Edward.
—¿Está
mi abuela? —le preguntó.
—La
encontrará en su sala de estar, milord.
Edward
subió la escalera despacio y entró en la sala tras un breve golpecito en la
puerta.
—Cullen,
¿tan pronto de vuelta? ¿Cuándo será la boda?
—No
habrá boda, abuela. Lady Isabella me ha rechazado.
—¡Qué
disparate! Nadie rechaza a un marqués.
—Tú no
conoces a Isabella. Es terca e independiente y tiene cierta extravagante idea
acerca de casarse por amor.
—Esa
chiquilla está perdida. ¿No sabe que tú eres su última esperanza de matrimonio
y vida normal?
—Me
temo que no, abuela. Me he esforzado todo lo posible por convencerla, pero
evidentemente no ha sido bastante. Ahora tengo una cita, de modo que debo irme.
—Su
rechazo te complace —observó la abuela—. Realmente no pretenderás quedarte
soltero, ¿verdad?
—Sí, es
lo que pretendo. —Besó su frágil mejilla—. Adiós, abuela.
—¿Es
por causa de Irina? —insistió la mujer.
Edward
hizo una pausa.
—Irina
no tiene nada que ver con esto, abuela. El matrimonio no es para mí.
—No
estés tan seguro, muchacho —murmuró lady Jane mientras él se marchaba—. Te veré
casado, y pronto.
Isabella
se lavó, se vistió, y estaba en la cocina preparándose una taza de té cuando Charlotte
y Jacob regresaron. Después de que Edward se marchase, se sentía incapaz de
ordenar sus pensamientos. Una vez más había respondido con desenfrenado
abandono. Él la tenía esclavizada, la engatusaba para que cayera en sus brazos
con una simple mirada y besándola sin que ella opusiera la menor resistencia.
¡Qué necia había sido! No había futuro para ellos, y cuanto antes se diera
cuenta, mejor.
—¿Le
has dado una oportunidad a Cullen? —preguntó Charlotte cuando regresó del
mercado—. ¿Habéis fijado una fecha?
Isabella
no deseaba hablar del marqués, pero sabía que Charlotte no desistiría.
—He
rechazado su proposición.
—¡No es
posible! ¿Sabes lo que eso significa?
Fingiendo
una calma que no sentía, Isabella dijo:
—Sé
exactamente lo que significa. Le estoy haciendo un favor a Cullen no casándome
con él. No es algo que él desee. Se ha visto obligado a proponérmelo por su
abuela, y yo me niego a casarme con un hombre por cualquier razón que no sea el
amor. Además, tía, ¿y si después de casarnos Cullen me reconociera como el
salteador de caminos que le robó en la carretera? Muy probablemente me
denunciaría e intentaría anular el matrimonio, lo que aún sería mayor escándalo
que el que ya tenemos.
—¡Oh,
querida!, ¿qué vamos a hacer ahora? Yo había confiado en que Cullen fuese la
solución a nuestros problemas financieros. El carnicero se ha negado a
prolongar nuestro crédito y he vuelto con las manos vacías.
—Todavía
tenemos el reloj de papá.
—Eso
pertenece a Benjamín. Y, hablando de Benjamín lo echarán de la universidad si
no se pagan pronto los honorarios.
Isabella
apretó la mandíbula.
—Yo me
cuidaré de ello, tía.
Se
disculpó y fue en busca de Jacob. Lo encontró en el salón, limpiando el polvo.
—No
deberías realizar el trabajo de una doncella —dijo Isabella.
—No me
importa, señorita Bella. Cuando se case con el marqués, tendrá más sirvientes
de los que podrá manejar. He oído decir que es extraordinariamente rico.
—No me
casaré con Cullen —declaró Isabella con un tono de voz que no admitía réplica—.
Es hora de que Jake y Bells cabalguen de nuevo. El cielo está hoy cubierto y es
muy probable que la luna quede oscurecida por las nubes. Trae los caballos
después de oscurecer.
Jacob
frunció el cejo.
—A lady
Charlotte no le va a gustar esto.
—¿Se te
ocurre otro modo de que podamos poner alimento en la mesa? Robar una bolsa aquí
y allí aliviará nuestros problemas, y no causará excesivo trastorno a los ricos
lores y ladies a los que robemos.
Jacob
dejó escapar un profundo suspiro.
—Muy
bien, señorita Bella, pero esto no me gusta. Verla a usted herida y sangrando
apagó mi entusiasmo por nuestras escapadas nocturnas.
—No
volverá a suceder, Jacob, lo prometo.
Edward estaba
en el club White's, jugando una partida de cartas, cuando se enteró del atraco
a mano armada cometido de nuevo por los salteadores de caminos conocidos como Jake
y Bells. Lord Yorkie,
un regordete conde famoso por su riqueza y disipación, difundió la noticia de
que los malvados fuera de la ley habían detenido su carruaje y le habían robado
a él y a su actual amante sus bolsas y joyas.
—Se
llevaron todo lo que teníamos de valor —explicó Yorkie —. Y le dieron un susto
de muerte a la pobre Sara.
—A mí
no me parecieron demasiado peligrosos —replicó Edward—. Esos mismos Jake y Bells
detuvieron mi coche hace un tiempo y luego otra vez, cuando volvía con McCarty
en el carruaje de éste de una fiesta en el campo. En aquella ocasión disparé y
herí a uno de ellos. Por lo que se ve, el disparo no los asustó.
—Lástima
que no muriera ese bandido —declaró Yorkie. Luego dirigió a Edward una astuta
mirada—. ¿Cómo van las cosas entre usted y lady Isabella?
La
suerte quiso que en ese momento lord Biers fuera a reunirse con el grupo.
—¿Han
fijado ya una fecha para la boda, Cullen? Realmente deberían ser más cuidadosos
en sus citas.
Biers
ya no trataba de ocultar sus risas.
—Debería
haber visto su rostro cuando Newton, Uley y yo irrumpimos en su nidito de amor.
Edward dirigió
a Biers una mirada fría como el hielo.
—Precisamente,
Biers, le he estado buscando para que enmendara un error de juicio. Usted está
equivocado. No era a lady Isabella a quien vio conmigo en La Liebre y el
Sabueso.
El otro
debía de estar demasiado ciego para advertir el aviso porque dijo:
—No
cometo errores como ése. Desde luego que era lady Isabella Swan a quien vi con
usted en La Liebre y el Sabueso, aunque usted no era el hombre con quien yo
creí que iba a encontrarla.
—¡Basta!
—lo interrumpió Edward—. Si lo prefiere, podemos arreglar este asunto en el
campo de duelo. O bien puede usted disculparse por su error.
Biers
comprendió de repente que estaba pisando terreno peligroso. Hacía falta ser más
valiente de lo que él era para enfrentarse a Cullen en un duelo. Cullen no sólo
era un experto tirador con pistola y un superior espadachín, sino que también
era muy bueno en las peleas a puñetazos.
—Bien
amigo, tal vez me equivoqué.
—Ciertamente
lo hizo. A propósito, ¿ha visto últimamente a Volturi? Hay algo que deseo
tratar con él.
—Le
daré su mensaje en cuanto le vea —repuso Biers.
Una
semana después de esa conversación, otro carruaje fue asaltado por Jake y Bells.
Edward sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que los ladrones fueran
prendidos y ahorcados y, por alguna extraña razón, ese pensamiento le producía
una incómoda sensación en la boca del estómago.
Al día
siguiente, Edward encontró a Volturi en Brook's. El vizconde montó en arranque
cuando Edward se lo llevó a la fuerza a un salon para una conversación privada.
—Lo que
planeó para lady Isabella es demasiado bajo incluso para alguien como usted,
Palmerson —arremetió Edward.
—Yo no
hice nada. Fue usted quien la comprometió —repuso el otro rabioso—, pero no
permitiré que se case con ella. Isabella es mía, ¿lo ha oído? Su padre me la
cedió antes de morir.
—Si
lady Isabella le pertenece, ¿por qué tarda tanto en convertirla en su esposa?
—gruñó Edward—. Si ella le perteneciera no tendría necesidad de escenificar una
seducción.
—¡Ella
no me quiere! —exclamó Volturi con rabia—. ¿Cree que hubiera planeado una
seducción si ella hubiera accedido a casarse conmigo?
—No lo
sé. Dígamelo usted.
—Es un
bastardo, Cullen, un condenado bastardo. No tenía por qué meter las narices
donde no le importa. Isabella sería ahora mi esposa si usted no se hubiera
entrometido.
—Tiene
un extraño modo de demostrar afecto, Volturi —se burló Edward—. ¿Desde cuándo
la violación es considerada seducción? La dama no estaba dispuesta.
—La
dama no sabe lo que quiere. Necesita un poco de persuasión. Yo simplemente la
estaba ayudando a decidirse para que aceptara mi proposición.
Edward
inmovilizó a Volturi con una mordaz mirada.
—Explíqueme
por qué desea casarse con lady Isabella Swan. Ella no es rica, y me consta que
usted tiene los bolsillos vacíos. No puede amarla si estaba dispuesto a
destruir su reputación. Sea claro, Volturi, ¿qué desea usted realmente de Isabella?
—Nada
que a usted le importe. Limítese a apartarse de mi camino. —Se tocó la nuca con
los dedos e hizo una mueca—. Le debo a usted la hinchazón que me hizo en la
cabeza en La Liebre y el Sabueso. Mis amigos dicen que usted se acostó con Isabella.
Yo no puedo creer que ella le permitiera poseerla y a mí no.
—Tal
vez sus amigos mienten.
—Y tal
vez no. Pero no importa —gruñó—. Aún la deseo. Todo el mundo sabe que usted
nunca se casaría con Isabella. Quizá ahora ella esté más dispuesta a aceptar mi
propuesta y detener así las habladurías.
—Si lo
cree así es que no la conoce —murmuró Edward—. Además, si intenta volver a
hacerle daño, me veré obligado a tomar represalias.
Volturi
entornó los ojos.
—¿Qué
interés tiene usted en Isabella?
Edward
deseaba saber qué responder a esa pregunta. Lo que él sentía por Isabella era
desconcertante, incluso para un hombre con la reputación que él tenia, que
normalmente sólo deseaba una cosa de una mujer. Sin embargo, Isabella era
distinta a todas las mujeres que había conocido. Vibrante, independiente,
obstinada, toda ella interesante en sí misma. Se le podían ocurrir una docena
más de adjetivos, pero ninguno le haría justicia. Principalmente la deseaba.
Deseaba estar dentro de ella, en torno a ella, debajo de ella, sobre ella,
amándola de todos los modos en que un hombre puede amar a una mujer.
—Mi
interés, Volturi, no es asunto suyo. Le aconsejo que reflexione larga y
profundamente sobre mis palabras. Si le hace daño a Isabella tendrá que
responder ante mí.
Edward
inclinó la cabeza y se marchó.
Isabella
estaba sentada ante la mesa de la cocina, contando el dinero que el comprador
de objetos robados le había dado a Jacob por las mercancías que le había
llevado, fruto de los dos últimos robos. Charlotte y Jacob estaban sentados con
ella, aguardando los resultados.
—Junto
con el dinero en efectivo, hay bastante para pagar la universidad de Benjamín y
llenar nuestra despensa —dijo Isabella finalmente—. Si somos cuidadosos, nos
puede durar algunas semanas.
—Gracias
a Dios —repuso Charlotte fervientemente—. Me temo que mi pobre corazón no
resistirá mucho más esto. ¿Por qué no podías casarte con Cullen?
—Ya
hemos discutido mis razones —repuso Isabella escueta—. Jacob, ¿puedes llevar el
dinero de Benjamin a la universidad?
—¿Debo
partir inmediatamente señorita Bella?
—No
será necesario, Jacob —dijo una voz desde la puerta.
Tres
pares de ojos se volvieron hacia quien había hablado. Isabella soltó un grito
de alegría y corrió a abrazar a su hermano.
—¡Benjamin!
¿Qué estás haciendo en casa?
El muchacho,
alto para sus dieciocho años pero aún con la inmadurez de la juventud en el
rostro y el cuerpo, se parecía a Isabella en el color de los cabellos y de los
ojos. Y, aunque carecía de su belleza, era un muchacho atractivo que algún día
haría palpitar los corazones de las damas. Su único defecto era su vivo
temperamento, y el mayor temor de Isabella era que eso le supusiera
contratiempos.
El
sutil cambio en la expresión de Benjamin advirtió a Isabella que no todo iba
bien.
—¿Qué
sucede, Benjamin? ¿Qué te ha traído a casa? No te esperábamos.
—Deberías
saber la respuesta mejor que yo, Bella—dijo su hermano—. Las murmuraciones
llegan incluso a los más remotos rincones de Inglaterra. El rector de la
universidad me convocó a su despacho para interrogarme, y yo no tenía la más
remota idea de lo que me estaba diciendo. Cuando me mostró la columna de
chismes sobre ti y lord Cullen, me quedé horrorizado. Puesto que no creíste
oportuno invitarme, he considerado que debía venir a casa para la boda. Es mi
derecho como cabeza de familia acompañar a la novia.
—Lo
siento, Benjamin. No me pareció lo bastante importante para hacerte venir a
casa. Todo ha sido un terrible malentendido. No habrá ninguna boda.
—¿Malentendido?
¿Cómo puede ser eso? ¿Estabas o no en La Liebre y el Sabueso con lord Cullen?
—No
sucedió nada. Mañana regresarás a la universidad y esto es todo.
—No
haré tal cosa —resopló Benjamin—. No lo haré hasta que llegue al fondo de este
asunto. Como hermano tuyo, es mi responsabilidad procurar que cesen las murmuraciones.
Tal vez deberías comenzar por contarme exactamente qué sucedió.
—No le
des la lata a tu hermana —lo regañó Charlotte—. Ya tiene bastante a lo que
enfrentarse.
—Por
eso estoy aquí. ¿Inició lord Cullen el escándalo?
—¡Absolutamente
no! —afirmó Isabella —. Cullen me rescató de una peligrosa situación que implicaba a lord Volturi.
—¡Lord Volturi!
¡Ese bastardo! Entonces no fue Cullen quien se aprovechó de ti.
—No,
querido. Lord Biers y sus amigos fueron quienes iniciaron las habladurías sobre
Isabella y Cullen —dijo Charlotte.
—Tía,
por favor —la reconvino Isabella.
—Bella,
no soy un niño —dijo Benjamin con firmeza—. No regresaré a la universidad hasta
que descubra qué está sucediendo. Ya he pasado demasiado tiempo en la inopia.
Ni siquiera sé de dónde sacáis el dinero para pagarme mis estudios.
Isabella
pensó que en efecto, Benjamin estaba creciendo. Ya no era el niño que confiaba
en su hermana para que ésta procurase por él. Era un joven que abordaba la
madurez, y dispuesto a extender las alas. Era curioso, irreflexivo y orgulloso.
Tenía que devolverlo a la universidad antes de que la metiese en más problemas.
—No
puedes descuidar tus estudios, Benjamin. Estás demasiado próximo a concluir tu
educación. En cuanto a Volturi, gracias a Cullen, no me causó daño alguno.
—No voy
a volver a la universidad hasta que solucione las cosas con Volturi.
—No
harás nada de eso —se le enfrentó Isabella —. Déjame manejar a mí las cosas
como considero apropiado.
Benjamin
apretó los labios y no dijo nada, pero ella pudo advertir por su obstinada
expresión que no lo había convencido.
—Le
ayudaré a deshacer su equipaje e instalarse, milord —dijo Jacob con gran alivio
para Isabella.
—¿Cuándo
te has vuelto tan formal? Siempre he sido Bejamin para ti.
—Ahora
es usted un hombre. Se merece ser tratado formalmente. Sígame..., su habitación
está tal como la dejó.
—¿Tan
mal, eh? —bromeó Bejamin—. No debería ir a la universidad mientras mi familia
pasa apuros para que yo pueda permitírmelo. —Miró en torno arrugando la nariz
disgustado—. ¿Por qué no me dijisteis que las cosas estaban así?
—Nos va
perfectamente bien, Bejamin —le aseguró Isabella —. Ve con Jacob, luego
charlaremos.
Cuando
su hermano hubo salido, Isabella se desplomó en una silla.
—No
había contado con que Benjamin viniera a casa. Va a complicarnos las cosas.
—Estoy
segura de que podrás tranquilizarlo, querida —la consoló Charlotte—. Ya sabes
cuan impetuosos pueden ser los muchachos a esa edad.
—Confío
en que tengas razón, tía
—dijo Isabella —. Confío en que tengas razón.
Benjamin
aguardó aquella noche a que todos estuvieran dormidos antes de ponerse su mejor
ropa y salir. Como cabeza de familia, sabía lo que tenía que hacer para
defender el honor de su hermana, y no temía actuar de acuerdo con ello. Detuvo
un coche de alquiler y le dijo al conductor que lo llevase a Brook's, decidido
a enfrentarse al responsable de la situación de Isabella en uno de los clubes
para caballeros.
El
hombre que Benjamin buscaba no estaba en Brook's, por lo que prosiguió hasta
White's. Tampoco se encontraba allí. Benjamin localizó por fin a lord Volturi
en Crocker's.
Abordó
al vizconde cerca de la mesa de refrigerios y le preguntó:
—¿Me
recuerda, lord Volturi?
—No lo
creo —repuso éste mirándolo despectivo—. ¿Debería?
—Soy Benjamin
Swan, conde de Forks. Sin duda recuerda a mi padre. Y si no estoy equivocado,
conoce usted a mi hermana.
—¡Forks!
¡Por Dios cuánto ha crecido!
—Los
muchachos suelen hacerlo —repuso Bejamin secamente—. ¿Hay algún lugar aquí
donde podamos hablar sin ser interrumpidos?
Volturi
entornó los ojos.
—¿De
qué se trata, Forks? No tengo tiempo para juegos de chiquillos.
Benjamin
se puso rígido.
—No
estoy jugando, Volturi. Sé lo que le hizo usted a mi hermana y estoy dispuesto
a defender su honor.
Volturi
se rió con ganas.
—¿Usted?
Usted no tiene experiencia en esta clase de cosas. Además, yo no le hice nada a
su hermana. A Cullen es a quien debería
usted desafiar, pero si yo estuviera en su lugar, me lo pensaría dos veces. Es
demasiado experto para un muchacho novato como usted.
—Sé la
verdad, Volturi.
El
tenso enfrentamiento había comenzado a atraer la atención y varios hombres se
acercaron disimuladamente para escuchar.
—Vaya
con cuidado con lo que dice, Forks —le advirtió Volturi—, si no, puede
encontrarse con muchos problemas.
—El
nombre de mi hermana ha sido mancillado —prosiguió Benjamin—, y usted, no Cullen,
es el culpable. Por consiguiente, debo desafiarle.
—Sin
duda bromea.
—No
bromeo. La elección de armas le corresponde a usted.
Un
rumor excitado se levantó en la sala. Benjamin dedicó poca atención a los
espectadores mientras aguardaba a que Volturi aceptase su desafío y designase
un arma.
—¿Está
seguro de que es eso lo que desea, Forks? No me gusta matar a criaturas, pero
si insiste...
—¿Es
demasiado cobarde para aceptar mi desafío?
Volturi
se rió a carcajadas.
—¿Miedo
de usted? En absoluto, querido muchacho. Muy bien, acepto. Pistolas.
Lord Biers
se abrió paso entre la multitud para situarse junto a Volturi.
—Actuaré
como tu segundo, Volturi.
—¿Tiene
usted un segundo, Forks? —preguntó Volturi.
Benjamin
miró en torno, no vio a ningún conocido y se encogió de hombros. Siempre podía
contar con Jacob, pero deseaba mantener a la familia al margen de aquello.
Entonces,
un hombre se adelantó.
—Si no
se le puede disuadir de esta locura, seré su segundo. —Le tendió la mano—. Soy Emmet
Lutz, conde de McCarty.
—Gracias,
lord McCarty —dijo
Benjamin estrechándole la mano.
—Reúnase
con mi segundo, McCarty,
y fijen hora y lugar —le ordenó Volturi.
—¿Está
seguro de que es lo que desea, Forks? —le preguntó Emmet.
—Desde
luego —repuso Benjamin.
—Y
usted, Volturi, ¿está seguro de que desea enfrentarse a un hombre lo bastante
joven como para ser su hijo?
—No soy
hijo de Volturi —replicó Benjamin.
—Y yo
no disfruto asesinando muchachos —repuso Volturi—. Tal vez el joven cachorro
cambie de idea antes del duelo.
—No
cambiaré de idea, Volturi —aseguró el muchacho mientras hacía una inclinación
de cabeza—. Buenas noches, milord.
Y salió
apresuradamente sin darse cuenta de que Emmet le había seguido fuera.
—¿Va
usted a pie? —le preguntó Emmet.
—El
coche que alquilé se ha ido —repuso Benjamin—. No vivo lejos. Caminaré hasta
casa.
—Permítame
que le lleve. Mi carruaje está aparcado al final de la calle.
—Muchas
gracias.
—¿Puedo
hacerle cambiar de idea acerca del duelo? —le preguntó Emmet.
—No. Mi
rencor contra Volturi es doble. Insultó a mi hermana e intervino en la muerte
de mi padre.
—Es
usted hermano de lady Isabella, ¿verdad?
—Sí
—admitió Benjamin—. Supongo que habrá oído las murmuraciones sobre mi hermana y
Cullen.
—Así
es. He leído sobre el asunto en el periódico. ¿No debería desafiar a Cullen?
—Sé la
verdad —repuso Benjamin.
—También
yo —murmuró Emmet—. ¿Le puedo ofrecer mis pistolas de duelo?
Benjamin
asintió.
—No he
visto recientemente las pistolas de mi padre, por lo que no estoy seguro de que
sigan estando en condiciones.
—Me
podré en contacto con usted después de que haya hablado con el segundo de Volturi.
—No
venga a casa —le pidió Benjamin—. No deseo que mi familia se preocupe.
—Muy
bien. Mañana le enviaré una nota.
Isabella
sabía que pasaba algo con Benjamin, pero no acertaba a averiguar de qué se
trataba. El muchacho había dormido hasta tarde y luego había merodeado por la
casa como un animal enjaulado. Cuando ella le habló de regresar a la
universidad, él se negó en redondo. Cuando le sugirió que saliera a tomar un
poco el aire, murmuró algo acerca de que aguardaba una nota de un amigo.
Cuando
por fin llegó la nota, Benjamin se mostró tan reservado sobre ella que Isabella
se preguntó si se trataría de una muchacha. Un joven atractivo como su hermano
probablemente tendría a muchas chicas adulándolo.
Cuando
le preguntó a Benjamin sobre la nota y el remitente, éste le dijo que no era
nada que le concerniera. Isabella se tomó el desaire con calma, pero no pudo
dejar de preocuparse por el joven.
Por la
tarde, Benajmin salió por fin de casa, y Isabella decidió aprovechar para
limpiar su habitación. Estaba haciendo la cama cuando vio un papel arrugado en
el suelo y lo recogió. Curiosa, lo alisó y leyó el mensaje. Era de lord McCarty
diciéndole a Benjamin que debía encontrarse con lord Volturi a las seis de la
mañana del día siguiente en un sector apartado de Sulpicia Park.
Isabella
se tambaleó bajo el peso de lo que acababa de saber. ¡Benjamin iba a
enfrentarse en duelo con Volturi! ¿Cómo podía haber sucedido eso? ¿Cuándo podía
haber sucedido? Benjamin no llevaba en casa ni dos días. Volturi mataría a Benjamin.
Tenía que detenerlo, pero ¿cómo?
Rogando
encontrar a Volturi en casa, detuvo un carruaje y le dio al conductor la
dirección.
—Aguárdeme
aquí —le dijo al cochero volviendo la cabeza mientras se apeaba del vehículo y
se apresuraba en dirección a la casa.
Cogió el
picaporte de latón y llamó a la puerta. Al cabo de unos momentos, apareció el
mayordomo del vizconde en la entrada.
—¿En
qué puedo servirla, madame?
—¿Está
lord Volturi en casa?
—No
estoy seguro, madame. Si lo encuentro, ¿quién debo decirle que le visita?
—Por
favor, dígale que a lady Isabella le gustaría hablar con él —dijo con su tono
más altanero—. Es un asunto de la máxima importancia.
—Pase
al salón, milady, y comprobaré si el vizconde está.
Apretando
los dientes, Isabella dio unos impacientes golpecitos con el pie mientras el
mayordomo iba en busca de Volturi. Sabía que el aristócrata sí estaba, si no,
el mayordomo le hubiera dicho inmediatamente que no se encontraba en casa.
—El
vizconde la recibirá —dijo el mayordomo desde la puerta—. Sígame, madame.
Isabella
fue introducida en el estudio de Volturi rogándole que esperara allí. Tras un
breve espacio de tiempo, el vizconde apareció.
— Isabella,
usted es la última persona a quien esperaba ver aquí. ¿A qué debo este placer?
—Sabe
muy bien por qué estoy aquí —estalló Isabella —. No habrá ningún duelo. ¿Cómo
se atreve a desafiar a mi hermano? ¡Sólo tiene dieciocho años!
—Para
su información, fue su hermano quien me desafió a mí. Le di todas las
oportunidades para que se retractara. Si no deseaba que él me desafiase,
debería haberle dicho que fue Cullen quien se acostó con usted en La Liebre y
el Sabueso.
—¡Benjamin
no se batirá con nadie! Usted escribirá una nota diciéndole que ha cambiado de
idea y yo se la entregaré.
Él se
echó a reír.
—Usted
bromea. ¿Desea que quede como un cobarde?
—No me
importa cómo quede usted ante sus amigotes. Sólo me preocupa mi hermano.
—Tal
vez, después de todo, pueda complacerla —dijo Volturi con astuta insinuación—.
Cásese conmigo y anularé el duelo.
Isabella
retrocedió como si hubiera sido golpeada. Tenía que haber algún otro modo de
salvar a su impetuoso hermano.
—¿Y si
me niego?
—Sabe
que soy un experto tirador. Su hermano no tiene ninguna posibilidad. Si le
mato, tal vez tenga que salir del país durante un tiempo, pero no será mucho.
—¡Váyase
al infierno, Volturi! —escupió Isabella —. Encontraré otro modo de detenerle.
Giró
sobre sus talones y se marchó. Una vez hubo subido de nuevo al coche que la
aguardaba, estalló en llanto. ¿Qué había hecho? ¿Había convertido su negativa a
casarse con Volturi en la sentencia de muerte de su hermano? Tal vez debería
regresar y acceder a las condiciones del vizconde.
No,
todavía no. Primero tenía que hablar con Benjamin y tratar de disuadirlo de
aquella locura.
Su
hermano estaba en casa cuando ella regresó, y Isabella lo abordó sin más
preámbulos.
—¿Qué
has hecho? ¿Estás loco? Me niego a permitir que te batas con Volturi.
Bejamin
palideció.
—¿Cómo
lo sabes?
—Encontré
la nota de lord McCarty. Vas a escribir una disculpa inmediatamente.
—¿Benjamin
ha desafiado a Volturi? —preguntó Charlotte desde la puerta—. ¡Oh, querido!
¿Cómo has podido?
—¿Y
bien, Benjamin? —dijo Isabella apretando los dientes.
—Lo
siento, Bella, no voy a retractarme. Está en juego el honor de nuestra familia.
—Nuestro
padre destruyó nuestro honor hace años.
—Entonces
me toca a mí restablecerlo. Nada de lo que digas me hará cambiar de idea. No te
preocupes, Bella, soy muy bueno disparando y no me propongo morir.
—¡Oh,
pero qué insensato! —gritó Isabella prorrumpiendo en llanto—. Volturi se
propone matarte. Acabo de hablar con él y es tan obstinado como tú. Se ha
negado a echarse atrás.
—¿Has
ido a ver a Volturi? ¿Después de todo lo que te hizo?
—No me
has dejado otra elección.
Isabella
decidió guardarse para sí las condiciones del vizconde para detener el duelo,
porque si todo lo demás fallaba, se vería obligada a aceptarlas para salvar la
vida de Benjamin.
—Voy arriba, Bella —dijo Bejamin—.
Trata de no preocuparte. A diferencia de nuestro padre, voy a batirme en duelo
por una buena causa.
—Joven
inconsciente —se lamentó Isabella cuando su hermano salió de la habitación—.
¡Oh, tía!, ¿qué puedo hacer? No puedo permitir que Bejamin muera, y sin duda es
lo que pasará si se enfrenta a Volturi.
—Sólo
puedes hacer una cosa, Bella —le dijo Charlotte en tono práctico.
—¿Qué?
Si sabes cómo salvar a Benjamin, dímelo, por favor.
—Cullen.
Es el único que puede detener esta farsa. No es momento de ser orgullosa,
querida. Si es necesario, suplícale que nos ayude.
Isabella
pensó largamente, y luego dio un fuerte abrazo a su tía y se precipitó hacia la
calle.



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